“El cuento de Héctor”, una serie documental que combina dos miradas

Reflexiones de las autoras a propósito de la obra compartida: “El cuento de Héctor” y “Héctor ha vuelto”

El cuento de Héctor, 2003

Héctor ha vuelto, 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CÓMO EMPEZÓ TODO
(Marisol Soto)

Hace algo más de diez años, tuve la oportunidad de viajar a Colombia y seguir la gira de algunos narradores que se presentaban en el marco del Festival Internacional Abrapalabra 1997. Allí conocí a Iván Torres, un cuentero de Bogotá. Decía que una de sus mayores preocupaciones era encontrarle un papel al arte en los tiempos de guerra que le había tocado vivir. Hasta ese momento, yo tenía algunas referencias del conflicto colombiano, pero la mayor parte venía de las imágenes cliché de los medios masivos. Aquella primera entrada en la realidad colombiana por la puerta de los cuentos, la de los artistas colombianos, me dejó ver esas otras imágenes que casi nunca llegan por televisión.

Algún tiempo después supe que Iván se había embarcado mediante Rayuela, la fundación cultural que preside, en Casas Juveniles, un proyecto educativo con jóvenes que habían estado vinculados al conflicto armado colombiano, y que el arte de contar cuentos iba a ser una de sus herramientas pedagógicas. Me puse en contacto para que me diera detalles: me habló de uno de los alumnos, Héctor, un muchacho de 17 años que había ingresado en las filas de las FARC siendo un niño.

La combinación cuento y niño de la guerra despertó mi curiosidad. Conocía algunos proyectos que relacionan arte y cambio social. Que en Colombia la idea fuera lograr cambios a través de los cuentos me pareció en cierta forma natural, pues ya había podido comprobar por mi misma la fuerza artística y el poder de convocatoria que tiene la narración oral en ese país. La posibilidad de observar un proceso educativo de este tipo me animó a proponer un seguimiento audiovisual que Iván aceptó. Era el año 2002 y por aquel entonces acababa de asociarme con un pequeño grupo de profesionales de la comunicación y la pedagogía para promover audiovisuales comprometidos.

Juntos habíamos fundado la Asociación Cultural Banda Visual. En ese entorno fue donde encontré la mejor alianza para iniciar la producción audiovisual: Marta Hincapié, una realizadora colombiana amiga que llevaba un tiempo viviendo en Barcelona.

Así pues, esta obra documental, aunque es una producción catalana, tiene la particularidad de combinar dos miradas: la mía y la de Marta.

Si la primera puerta de entrada a Colombia fue la de los cuentos, la segunda me la abrió Marta, una mujer de Medellín que ha vivido su niñez y juventud en una ciudad fuertemente castigada por la violencia, con referencias en primera persona de las huellas que eso deja en las personas. Tener que confrontar los puntos de vista nos llevó a una reflexión más honda sobre lo que implica representar al otro en un escenario de violencia, de guerra.

DIRIGIR A CUATRO MANOS
(Marta Hincapié)

Codirigir un documental no es tarea fácil, pero codirigir éste con una documentalista catalana como Marisol Soto sí lo fue, pues desde el comienzo de este largo proceso mantuvimos un diálogo permanente de preguntas y respuestas donde era Marisol quien siempre hacía las veces de abogado del diablo frente a un conflicto complejo y difícil de entender aún para los colombianos. Gracias a la perspectiva racional, rigurosa y crítica de ella y a la disposición de ambas de aprender de este proceso, fue posible la realización de “El cuento de Héctor” y de “Héctor ha vuelto”.

Trabajar con una colega extranjera sobre un tema que tocaba una espina irritativa como es el conflicto colombiano suponía un choque de culturas y de miradas.

Marisol Soto, Iván Torres, Héctor Arango y Marta Hincapié al finalizar una grabación de “Héctor ha vuelto”

El primer paso fue que ambas directoras, ella frente a Colombia y yo tras mi larga estadía en Cataluña, entendiéramos que las culturas tienen sus inconmensurabilidades: Cosas imposibles de conocer y sentir por otros o como los otros, que uno nunca llegará a conocer plenamente al otro; siempre habrá una parte ininteligible, incomunicable, inexplicable y desconocida en las relaciones interculturales, pues uno tiene la tendencia a creer que conoce “al otro” y que es capaz de entenderlo plenamente, por el solo hecho de aproximarse a él con la mente abierta. Al contrario, el proceso creativo nos llevó a Marisol y mí a reconocer los límites de nuestra propia cultura. Fue sobre esa base de diferencia que construimos un principio de respeto de la una por la otra.

La aceptación de este abismo cultural, que comenzó con la relación de nosotras mismas, se extendió a Héctor e hizo que NO lo miráramos con una suerte de benevolencia, de piedad, como a una víctima que es necesario proteger y dirigir, como a un menor o minusválido que necesita de la tutela de “alguien superior”. Esta discriminación positiva hubiese sido tan grave e hiriente como el rechazo directo.

Otra de las premisas que Marisol y yo tuvimos en cuenta al trabajar juntas en este proyecto, era que si tocábamos el tema de un niño de la guerra colombiana, lo haríamos desde “otro lugar”: Nos cuidaríamos de caer en el error de dividir el conflicto en buenos y malos, de caer en los lugares comunes, de simplificar un proceso tan complejo y largo como el de la guerra en Colombia, de caer en el amarillismo, en las imágenes gratuitas y en la espectacularización de la confrontación armada, que tanto daño ha hecho, una suerte de comercialización del conflicto en los medios de información.

En ambos documentales optamos por serle fieles a la propia historia de vida particular de Héctor, con sus contradicciones y sus vaguedades. Nos asomamos a ese otro ser sin juzgarlo, viendo al ser humano inmerso en circunstancias de la historia de un país convulsionado y con grandes diferencias de oportunidades. Nos acercamos a ese otro lado distante, desconocido, para verle la cara a los otros protagonistas de una guerra tan innecesaria como perpetua, con la esperanza de contribuir así a robarle un grano de arena al desierto de la incomprensión.

HÉCTOR Y MARTA
(Marisol Soto)

Una imagen poderosa que conservo en la memoria es la de Héctor y Marta, cogidos del brazo, caminando por la Séptima de Bogotá. Los observaba y me decía: ahí está la estampa de un camino diferente; sus respectivas clases sociales raramente se mezclan y sin embargo ahí están los dos, confiándose sus experiencias, sus sentimientos por los seres queridos que ambos han perdido por culpa de la guerra. Qué distinto sería todo en este país, y en cualquier parte, si ese tipo de relación que tenía ante mis ojos fuera más frecuente.

Iván Torres, director de la Fundación Rayuela

La injusticia social engendra violencia y en Colombia existe una brecha gigante entre los que tienen de todo y los que sobreviven, que es la mayoría de la población. El fusil que arrastraba Héctor de niño era de las FARC, pero podría haber sido de cualquier otro grupo armado. A él le tocó nacer en un entorno rural. No conoció a su padre y su madre tuvo que hacerse cargo de cuatro hijos en un contexto de pobreza y fuego cruzado. Muchos adultos del Tolima, su región, que fueron la referencia para el niño Héctor, estaban en armas con la guerrilla de las FARC. Ahí fue a parar, ahí se formó, esa fue la realidad que tuvo que enfrentar. También podría haber sido un niño pobre nacido en las regiones donde los adultos armados están metidos en el narcotráfico o en los grupos paramilitares. O su madre podría haber dado a luz en el seno de una familia colombiana con medios. Eso no hubiera impedido que tomara un camino armado, pues la violencia filtra todas los capas sociales, pero Héctor quizá habría podido ir a la escuela, a la Universidad, y quien sabe si hoy no estaría haciendo una maestría de cine documental en Barcelona, como en su día pudo hacer Marta.

La violencia lleva mucho tiempo instalada en Colombia y ha marcado su sistema económico y su sociedad, que está militarizada. En ese escenario, el número de muertos, de desaparecidos, de desplazados, de secuestros, no ha hecho más que aumentar.

Una forma de comprender la dimensión de lo que allí está sucediendo es mirar el complejo mosaico de la realidad colombiana a través de la pieza más humana, la que dibuja las víctimas. Y ese ha sido el punto de vista que hemos consensuado Marta y yo para construir los dos documentales.

HÉCTOR
(Marta Hincapié)

Recuerdo con claridad el día que conocí a Héctor, un joven del departamento del Tolima de 17 años. Me saludó con una sonrisa ancha que dejaba ver unos dientes blancos y fuertes que le restaban importancia a la estela de una cicatriz en su oreja izquierda, ocasionada por el impacto de una ráfaga de metralla en un enfrentamiento con el ejército.

Nos sentamos a conversar en un salón de la sede de la fundación Rayuela, la luz de su mirada me dio confianza e inspiró ternura. Antes de que empezara a contarme su historia, pensé para mí: ¿Y estos son los guerrilleros que tienen en jaque a Colombia? ¿Estos niños son los que están haciendo la guerra?

Héctor Arango en su estreno como cuentero. Café La Maga, Bogotá 2002

Yo venía con la idea utópica de sentarme frente a un revolucionario, un joven estructurado políticamente y preparado para la guerra. Pero resultó que el encuentro fue entre un niño, a quien la vida no le había dado otra opción que la guerra y yo, una mujer con una idea romántica de la guerrilla y que tiempo después dimensionó lo que este joven guerrillero le ayudó a “ver” y a entender.

Fue la seguridad con la que pronunciaba las palabras de su relato y su mirada siempre fija en la mía, lo que me llevó a entender su historia: Héctor, había entrado a la guerrilla a los 10 años, a los 15 ya era jefe de una de las columnas móviles de las FARC, con un grupo de 30 hombres o niños como él, a su cargo. A los 17 había sido herido en combate con el ejército y luego capturado. Después de una larga recuperación en un hospital no fue llevado a la cárcel, por ser menor de edad, sino al programa Casas Juveniles de la Fundación Rayuela.

Mi intención con esa primera conversación con Héctor era dejar un documento testimonial. Sabía que lo que me contara en ese primer encuentro sería irrepetible y que conformaría la base de la estructura para el documental. Sin embargo, cambié de idea cuando me contó entusiasmado que estaba haciendo un taller de narración oral con Iván Torres, que su intención era contar su propia historia y que estaba haciendo el ejercicio de recordar en imágenes momentos buenos y malos de sus años en el monte. Retenía en su memoria imágenes como: La de un niño con camuflado y botas y un fusil que se le arrastraba por el barro cuando jugaba a los carritos alrededor del tronco de un árbol, o la del día que se quitó la camisa y el fusil para ir a jugar fútbol con unos niños de una vereda cercana, o la imagen de su novia guerrillera de 13 años, tendida en lo alto de una piedra, donde la dejaron tras asesinarla los paramilitares y cuyo cuerpo terminó devorado por los buitres.

Fueron entonces aquellas imágenes, (y no la entrevista de su historia ni el contexto histórico y político del conflicto de ese entonces) las que después nos dieron las claves a Marisol Soto y a mi para el guión de “El cuento de Héctor”.

LA HISTORIA DE UN INTENTO
(Marisol Soto)

Las grabaciones de los dos documentales han tenido lugar con un intervalo de seis años. La primera, en el año 2002, es cuando llega al poder Álvaro Uribe con su programa de orden y autoridad que atrajo a buena parte de un electorado cansado de la violencia y la inseguridad. La segunda grabación tiene lugar en el 2008, cuando Uribe vuelve a ganar las elecciones y con un programa de reinserción en plena vigencia.

En la sociedad civil colombiana, la principal víctima del conflicto armado, existen iniciativas que buscan caminos alternativos a la guerra y ese es el caso de la Fundación Cultural Rayuela de Bogotá, liderada por Iván Torres: Cuenta cuentos, escritor y pedagogo, que estuvo en su juventud vinculado al M-19, otro grupo guerrillero, pero este de origen urbano.

Héctor Arango. Taller de narración oral, Bogotá 2002

Marta Hincapié, Héctor Arango y Marisol Soto. Bogotá 2008

Con una pequeña cámara, Marta y yo fuimos testigos silenciosos durante días del proceso educativo que tuvo lugar en Rayuela durante el 2002 y en el que se cruzaron dos intentos: El de Héctor, por aprender el arte de contar cuentos para contarse su propia historia, y el de Iván, que resumimos con una frase suya: “¡A ver si consigo robarle un pelao a la guerra!”. Héctor habló de la guerra desde otro lugar y pudo contársela a sí mismo desde las imágenes de su memoria e Iván le ayudó a “ver” y a entender lo que le pasó, sin juzgarlo.

Sin embargo, para Héctor no fue fácil adaptarse a una vida citadina después de vivir prácticamente toda su vida en el monte. Se encontró perdido y solo en una metrópoli poco amable como Bogotá, que no le ofrecía muchas oportunidades. Dos años después de aquella grabación, Héctor decidió volver con la guerrilla. Después nos contaría que consideró que a su verdadera familia, sus afectos y sus referentes estaban allí.

No supimos nada de Héctor en mucho tiempo y temimos por su vida, pero en el 2006 dio algunas señales cuando se decidió a llamar por teléfono a Iván y contarle de su nuevo proyecto en el monte. El Héctor que había vuelto a la guerrilla ya no era el mismo niño metido en la locura de la guerra, había comprendido el drama de las víctimas, del destierro y del atropello. En su nueva estancia en la guerrilla abandonó la línea militar y se dedicó al trabajo con la comunidad; a mediar conflictos de linderos, a alfabetizar y a trabajar la tierra con los campesinos.

A principios del 2008 y desilusionado de las FARC, volvió a ponerse en contacto, esta vez para informar que había abandonado la lucha armada y que se había acogido al programa de reinserción del gobierno de Uribe. Héctor aceptó la invitación de Iván a participar en los proyectos de Rayuela, tales como las representaciones de Teatro Efímero que organiza en ciudades y pueblos de Colombia para exigir el reconocimiento a las víctimas que hay en todos los frentes.

Así pues, en el 2008, Marta y yo decidimos volver a Bogotá para continuar con aquel seguimiento audiovisual que habíamos iniciado hacía seis años y asistir de nuevo a las sesiones entre Iván y Héctor que tuvieron lugar en Rayuela, donde sigue trabajando Iván y a donde quiso volver Héctor. De este reencuentro nació el segundo documental “Héctor ha vuelto”.

Los procesos de reinserción como el de Héctor son caminos largos, complejos, llenos de aristas, de encuentros y desencuentros. Pero son un reto para los que creen que la cultura de paz es posible.

En todo este tiempo, hemos asistido a un intento continuo por encontrar un camino alternativo a las armas. Los finales de ambas películas fueron abiertos con toda la intención, pues nada está del todo resuelto y lo único claro es el genuino intento por el cambio.

Entre las numerosas proyecciones, me gustaría destacar una de El cuento de Héctor que tuvo lugar en el 2004 en Barcelona con la presencia de Iván Torres frente a un público de maestros y cuenta cuentos catalanes. Estuvo organizada por el Departamento de Educación en Valores del Instituto de Educación del Ayuntamiento de Barcelona y llevaba por título: ¿Es posible transformarse a través de los cuentos?

En esta sesión pude comprobar que la pieza audiovisual iba más allá de la historia concreta de Héctor y de la guerra colombiana. Había algo universal en el intento de Iván, porque los maestros catalanes se identificaron plenamente con la aventura pedagógica que allí se mostraba. Fue como un espejo donde todos se vieron, en parte, reflejados.

Creo que la mirada externa-interna de nuestro trabajo consiguió uno de sus principales objetivos: mostrar la humanidad de un niño de la guerra y el intento de un maestro por recuperarlo para las acciones de paz. Sucedía en Colombia pero podía estar sucediendo en cualquier rincón del planeta.

LEJANÍA Y CERCANÍA
(Marta Hincapié)

Héctor Arango. Taller de Teatro Efímero. Soacha, 2008

“El cuento de Héctor” y “Héctor ha vuelto”, dos documentales separados por seis años y enmarcados en los dos períodos de gobierno del presidente Uribe, tienen mucho que ver con mi visión de cercanía y lejanía con el país. Otra sería mi mirada si hubiese permanecido estos 10 largos años en Colombia. A veces estás tan cerca de lo que amas y odias, que te ciegas y no puedes verlas. Si la inteligencia es ver desde la distancia, como pensaban los griegos con sus acrópolis, sólo la lejanía me permitió relativizar la guerra; ver lo polarizado que estaba mi país, el odio, o lo que es lo mismo, el miedo que se vivía y el ostracismo en el que estaba sumido.

Cuando fui testigo de cómo día tras día Héctor e Iván tejían un camino distinto a la guerra, en esas largas sesiones de talleres, comprendí que el verdadero maestro, sin pretenderlo, era Héctor. Él nos enseñó que la guerra es compleja y no simple y roma, que no es un asunto de buenos o malos, que el origen de la violencia tiene raíces hondas y que la sangre, la retaliación y la venganza en nuestro país son un eterno retorno como una serpiente que se muerde su propia cola.

Comprendí que Héctor antes de ser victimario, es una víctima más del conflicto, como también lo fue su madre en los años 80 cuando tuvo que huir desterrada de las montañas del Tolima, ocultando a sus nueve hijos pequeños entre las cajas de moras llevadas a lomo de mula.

Recuerdo que cuando le pregunté a Héctor ¿Por qué había entrado a la guerrilla? Se encogió de hombros, guardó silencio y me dijo: Ellos andaban por ahí cerca prestando guardia y un día empaqué unas pocas cosas y me fui con ellos.

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Artículo de Jesús Dapena Botero sobre “El cuento de Héctor” y “Hector ha vuelto”

Documental El Cuento de Héctor (2003)

¡Ay, país, país, país!
(Piero)

…las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.
(Gabriel García Márquez)

Aquí no se cumple el dicho de que hijo de tigre sale pintado; más bien, yo diría que hija de oveja sale lanuda, porque pareciera ser que Marta Hincapié sale al mundo mediático con un legado, dejado por su madre, la dulce María Teresa Uribe, una de las grandes maestras de la sociedad colombiana, para la gran investigadora en malaria e historiadora, Silvia Blair, la mujer más inteligente que haya conocido.

Por ello, que me perdone un poco, Marisol Soto, la co-directora del documental, que la haga un poco de lado, aunque no se lo mereciera, pero quisiera ubicar un poco la cinta en el contexto intergeneracional de la familia Hincapié Uribe. Ya que El cuento de Héctor me impone la presencia de esa otra persona, quien permanece en la trasescena: María Teresa Uribe, profesora de la Universidad de Antioquia, una mujer tan suave como un copo de algodón, pero a la vez de valor civil imponderable de quien no se ha arredrado para profundizar en el dolor sostenido que causa la violencia en Colombia, como testigo de un país que no se cansa de guerras, como si lo hiciera la Tereza Batista de Jorge Amado, sino estas que cruzan al país en la diacronía del tiempo, como si fuese un reptil apocalíptico, que se arrastra a lo largo y ancho de nuestra geografía; en ese macrocontexto, María Teresa, esta mujer maravillosa, se ha dedicado a rastrear y descubrir qué diablos nos pasa y cómo se soltaron esos demonios para marcar, casi con tinta indeleble, nuestra historia colombiana; de tal manera que ella se ve obligada a hacer el quite al relato de una Historia Oficial, la tradicional, para tratar de descubrir ese otro país, el de las montañas y las selvas, donde uno corre el riesgo, como el Arturo Cova de José Eustasio Rivera, de que antes de que uno se apasione por mujer alguna, juegue su corazón al azar y lo gane la Violencia o el miedo, en un país de desplazados y de muertos sin sepultura, con una sobrecarga de sufrimiento.

Y pareciera ser que como una herencia no fortuita, Marta Hincapié asume la desazón de su madre, su inquietud, en la misma línea de siempre: cuestionar lo aceptado e indagar en lo que, por sabido, se calla, y, tal vez sin proponérselo, contradecir a nuestro premio Nobel de literatura, quien en Estocolmo aseverara que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, desmentida con la que siempre me he identificado, desde que, a partir del año 1987 me dedicara a estudiar las relaciones entre violencia social y psicoanálisis, como consta en mi artículo Folie à deux o Folie á Tous?

Pero su optimismo tiene eco en grandes personajes como el sociólogo francés Alain Tourraine, premio Príncipe de Asturias en Humanidades y Comunicación del año 2009, quien en una visita que hizo a Medellín decía a Jorge Alberto Naranjo, entonces, decano de la Escuela de Ciencias y Humanidades de EAFIT (Escuela de Administración, Finanzas y Tecnología), con sede en la capital de la montaña, que se había quedado sorprendido de nuestra ciudad, donde al lado de tanta violencia había tanto movimiento de la sociedad civil, lo que para él era un signo de buen pronóstico para esta urbe.

Hoy pienso que sabiéndolo o no, nuestro pueblo le hace el quite a las curvas de Tánatos y bajo el mandato de Eros pudiera esperar como el Freud, sobreviviente de la Primera Guerra Mundial, que una vez superados los duelos, nuestra capacidad de estima de los bienes culturales, sin menoscabo alguno, vuelva a construir todo lo que la guerra ha destruido, quizás sobre un terreno más firme y con mayor perennidad.

Iván Torres, director de la Fundación Rayuela (Bogotá)

Y ese es el propósito de Rayuela, cuyo director, Iván Torres, es uno de los protagonistas del filme de Marta Hincapié y Marisol Soto, quien no tiene empacho en expresar su alegría, si algún día pudiera robarle un pelao – un muchacho – a la guerra, pues esa es la razón de ser de esa Fundación, nacida del dolor por la muerte violenta de un compañero, reconocido bailarín de Break Dance en Soacha, Cundinamarca, tras la cual, después de llorar de rabia por la muerte del parche, abandonaron la idea de vengarse y cambiar los sonidos de las balas por sonidos armónicos, como bien lo vemos al final de El cuento de Héctor, cuando en una clase de música, transforman el valor de uso de un fusil por un instrumento de cuerdas, de tal forma, que se encuentre una salida más sublimatoria y reparatoria para los jóvenes colombianos.

Desde entonces en Rayuela, sin duda, de una inspiración cortazariana, se dan talleres de música, de confección de máscaras, de expresión corporal y teatro callejero, mediante un trabajo de un conocimiento personal y a fondo de sus estudiantes para desarrollar el sentido de tolerancia ante las diferencias, con el fin de promover cambios en el entorno y denunciar las muertes de multitud de jóvenes asesinados por las Autodefensas colombianas, tal vez, conscientes del poema atribuido a Bertolt Brecht:

Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó.

Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó.

Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó.

Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.

Después siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó.

Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde.

Mentalidad que expresan con su teatro efímero, que pretende inculcar la resistencia civil no violenta contra el autoritarismo.

Iván Torres será quien nos sirva como narrador de la entrevista documental, en la que a los espectadores se nos dará cuenta del proceso pedagógico de un jovencito de la guerra colombiana, casi un chico, una suerte de niño salvaje, porque literalmente viene de la misma selva, salpicada de horror y de sangre por la bestialidad humana; un pelaíto, al que casi hay que enseñarle una lectura silábica, a la manera que lo hiciera Itard con Víctor de Aveyron, aunque para nada se trata de una educación para niños psicóticos, sino para criaturas que han tenido que sobrevivir a los terribles problemas que deja la guerra, el conflicto permanente en Colombia, entre los seres humanos que la habitan, quienes gracias a una formación deformante se vuelven máquinas de matar, unos del lado de la guerrilla, otros al lado del paramilitarismo.

Sin duda, el cambio de entorno a estos adolescentes les causa extrañeza; ellos han estado acostumbrados y han sido adiestrados para ser protagonistas de una estúpida guerra, como nos lo cuenta Héctor, al relatarnos su llegada al alto, cercano de un pueblo, lleno de aparente alegría antes de su arribo para después, desde el mismo montículo, no ver sino humo y no oír otras voces que no fueran las del silencio.

Pero, a pesar de la escucha paciente del profe, de la actitud comprensiva y didáctica de uno de esos maestros con vocación, de los que lamentablemente quedan muy pocos en el mundo, Iván siente que el vínculo con Héctor es frágil e inestable, algo le dice que su alumno está más del otro lado, el de la guerra, que del suyo, el de una propuesta de construcción de paz, así el pedagogo quisiera transmitirle su mensaje de exigir el derecho a la verdad.

Pero Héctor siente nostalgia del mundo guerrillero; expresa que en la ciudad, pese a la compañía de Iván, es donde ha venido a saber qué es la soledad; allá, en el monte, están los amigos, que son como una verdadera familia, porque la carnal pareciera ya olvidada.

Héctor Arango (Hoy, estudiante de sociología)

Héctor siente que la guerrilla no es mala; no nos lo dice pero nos deja entrever que no hay que satanizarla porque es producto de una superestructura mayor: la de la injusticia y la guerra; sabe que hay que tener otra conciencia, como lo ha captado de su maestro, pero por más que trabajen y hablan docente y discípulo, el atractivo de la manigua es grande.

No sin dolor, el profesor comprende. Y algún día le dice:

– Si se vuelve Héctor para allá; al menos, sea un buen revolucionario… antes usted no sabía que atropellaba, que desplazaba pero ahora ya lo sabe.

¿Qué otra salida queda?

Héctor recuerda situaciones terribles, como cuando un día, los guerrilleros mataron una familia de nueve miembros por esconder a unos desertores, a los que capturaron y llevaron al campamento, para tenerlos una o dos semanas amarrados, como prisioneros, mientras el guerrillerito les hacía la guardia. Los tipos se fueron enloqueciendo, hablaban un mundo de bobadas, “desvariaban”, se tiraban los alimentos el uno al otro, pues ¿para qué se la comían si estaban condenados a la muerte? Hablaban de un posible encuentro en los infiernos satánicos, como si ignoraran que en esta tierra vivían en su propio infierno.

Los jóvenes guerrilleros cavaron el hueco que les serviría tumba; el segundo vio matar a su compañero y enterrarlo y le pidió a Héctor, que, por caridad, le diera un solo tiro bien dado, para acabar de una vez, pero el otro guardián se adelantó con un disparo fracasado, de tal suerte que Héctor recurrió a un remate certero.

El profe sospechaba que si Héctor volviera al grupo insurgente sería hombre muerto, pero no pudo detenerle y un día se marchó, sin despedidas. Por allá en el año 2003 para volver a Rayuela cinco años después, cuando la guerrilla asediada por el ejército, casi autorizó la huida.

El chico vuelve al altiplano cundiboyacense con un profundo sentimiento de culpa, como si se tratase del retorno de un hijo pródigo, que hubiese hecho daño al padre, esos son los efectos de un buen vínculo transferencial, que no sólo suele darse con los psicoanalistas, sino también con otros adultos significativos, como los maestros, un sentimiento de culpa que puede ponerse al servicio de procesos reparatorios, afortunadamente.

Pero, como al joven de la parábola evangélica, Iván lo recibe con un fuerte, sólido y acogedor abrazo, como si supiera aquello que decía Octavio Paz:

Para volver hay que arriesgarse a partir; sólo el hijo pródigo regresa. – frase que leí en alguna parte.

El profe le dice que dejaron una conversa pendiente, en la que se contaban cuentos, el relato de la propia historia para comprenderla. Ahora el proyecto era retomarla.

La narración de la historia de una familia desplazada, que hace el maestro, tiene ecos en el interior del muchacho, quien recuerda que su propia familia fue víctima del desplazamiento forzado, por allá, en los años de 1985.

El joven comprende que hay una historia que se repite transgeneracionalmente y se pregunta entonces, ¿cómo aprender de la historia? Como si de repente se hiciera consciente de la famosa frase de George de Santayana cuando nos advierte que los que no llegan a conocer el pasado están condenados a repetirlo.

Documental Héctor ha vuelto (2009)

Sabe que la suya ha sido dura, una historia muy verraca, como cuando a su segunda noviecita la mataron en un combate guerrillero con los paramilitares, para pasar a ser uno de tantos muertos sin sepultura como los que hay en nuestro país, aunque él, como Antígona, hubiera querido enterrarla de una forma humana, para que no se la comieran los gallinazos, pero son recuerdos, que, como defensa contra el dolor, él ha tratado de olvidar; los psicoanalistas diríamos de reprimir, para no tener presentes esas verriondas imágenes, significante que le ha prestado Iván, con una didáctica muy clara, que hace de los conceptos abstractos, palabras concretas y explicativas, al decirle que su mente está llenas de imágenes, como de fotografías, que se tienen archivadas en un álbum de fotos, dentro de su cabeza, pero ello sirve para que el muchacho se comprometa en una lucha distinta a la de la insurgencia armada, la lucha por reconstruir la memoria histórica de esos muertos sin sepultura, para que no pasen de ser N.N.’s, de esos seres, que pudieran engrosar la lista de un monumento al soldado desconocido, para reconstruir historias con minúscula que hacen a nuestra Historia con mayúscula, ya que son muchas las víctimas de esa guerra sin fin, que ha vivido Colombia casi por doscientos años, con millones de víctimas, como aquél estudiante de medicina que por atender a un guerrillero en Jardín, Antioquia, lo desaparecieron y al abogado que defendía su causa, los paramilitares entraron a su hogar para matarlo, o como Carlos Pizarro Leongómez, quien para Iván había sido un guerrero honesto, quien había firmado un pacto de paz y, sin embargo, lo asesinaron, por haber estado vinculado a la guerrilla del M-19, la que se tomara el Palacio de Justicia en 1985, en el mismo año en el que la familia de Héctor fuera desplazada.

Definitivamente, la guerra no es sino un zaperoco, un caos, un desorden, un revoltijo, dice Iván, y yo le añadiría el adjetivo infernal, frente a cuyos destrozos hay que reclamar paz y justicia, ya que de ellas somos responsables todos, los violentos, el Estado y la sociedad, en general, pero tal vez lo que tengamos es mucho miedo a la libertad, porque su ejercicio exige responsabilidad, como bien nos lo mostrara George Bernard Shaw cuando nos decía: La libertad significa responsabilidad; por eso, la mayoría de los hombres le tienen tanto miedo.

Con este filme, nos queda bien claro que por la vida y la libertad es necesario hablar con la verdad ; yo añadiría con la psicoanalista Hanna Segal, quien cita a la escritora rusa Nadezhda Mandelstam: el silencio es el auténtico crimen contra la humanidad, en especial, en lo referente a la política y la guerra, que pueden conducirnos a una pesadilla insoportable, y más en particular cuando conflictos y tensiones internas se convierten en un poderoso incentivo para ella e incrementan la belicosidad, y esos son los que no acaban de resolverse ni en Colombia ni en el mundo.

Héctor Arango en el Monumento a la Memoria - Teatro Efímero (Bogotá, 10/08/2008)

La guerra y sus perspectivas nos hacen más paranoides, así el miedo esté justificado; nos aseguran que el infierno son los otros, esos que consideramos nuestros enemigos, de tal forma que el odio engendra el miedo y éste al odio de nuevo, en un círculo vicioso, que es el que los miembros de Rayuela, como muchos otros, pretendemos romper, al acudir a la disuasión, a lo que Jürgen Habermas llamaría la razón dialogada, la cual si operara cinco minutos antes del estallido de una megabomba, podría salvar al mundo de la catástrofe final.

Bien sabemos, tanto como Héctor, que la guerra destruye todos los valores, de un lado y del otro de las partes en conflictos, por lo que no habría que satanizarlas para engendrar más odio aunque no se puede fragmentar la responsabilidad, que colocamos en el enemigo, todos tenemos que tramitar de alguna manera nuestra pulsión de muerte; por ello, como los de Rayuela debemos de buscar los medios para movilizar las fuerzas de la pulsión de vida contra la insensatez de los violentos, eso sí, sin negar la realidad de la violencia misma, al confiar en la posibilidad de una toma de conciencia, que es a lo que asistimos en el filme de Marta Hincapié y Marisol Soto, para hacerla operar en el mundo real, de una manera trascendente.

Para ello, hemos de mirar hacia el interior de nosotros mismos, como lo hace Héctor y dejar de hacernos los desentendidos; no podemos escondernos en la coraza de una supuesta neutralidad ni del conformismo, como si no debiéramos participar en la política, aunque por definición somos animales de tal naturaleza, según Aristóteles lo dijo; somos ciudadanos y deberíamos tener el valor suficiente para decir lo que nos compete, cada uno desde su situación específica y levantar nuestras voces contra la guerra de una manera clara y contundente; no podemos dudar del poder de la palabra ni de las imágenes, lo que nos obligaría a no permanecer callados, como no se han callado ni Héctor ni Iván, a quienes vemos en escena, ni tampoco lo hacen los que permanecen invisibles en la trasescena, Marta Hincapié, Marisol Soto y, tal vez, más allá, en la penumbra, María Teresa Uribe de Hincapié, quien dio las bases morales a una de las directores de este importante filme. Tal vez, a Iván y los personajes ocultos que cito, como a mí y a Georges Brassens, la música militar nunca nos supo levantar.

Jesús Dapena Botero.
Vigo, 10 de marzo del 2011

* Artículo publicado en Letras-UruguayArgenpress Cultural

‘Héctor ha vuelto’ en la 6ª Diáspora Colombia-Barcelona

diaspora09‘Mujeres con cámaras en acción: la mirada femenina ante el conflicto“.
Mesa redonda con la participación de Marta Hincapié, Marisol Soto y María José Pizarro. Se proyecta el documental Héctor ha vuelto.

Jueves 15 de octubre, 19h
Biblioteca Francesca Bonnemaison
C/Sant Pere més Baix, 7
Barcelona

La Diáspora es un proyecto desarrollado por la Associació Imago Barcelona para sensibilizar sobre la convivencia pacífica y las migraciones a través de las artes visuales.